11.11 Evangelios II: parábolas y anuncios: Lo viejo y lo nuevo, tesoros

 


Él les dijo: Por eso todo escriba docto en el reino de los cielos es semejante a un padre de familia, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas. (Mt. 13:52).

 Como se ha visto a lo largo de este capítulo, quienes llegaron a ser parte del nuevo pacto en los tiempos de Jesús fueron: gentiles, publicanos, rameras y pecadores. Típicamente la clase religiosa es tratada hostilmente por Jesús por su hipocresía, maldad e infidelidad al pacto; en cierta oportunidad fueron tratados como cerdos y perros (Mt. 7:6). No obstante, acá Jesús habla de un grupo especial que tiene una característica única: de los maestros de la ley que fueron doctos en el reino de los cielos.[1] En los evangelios hay pocos casos de este tipo de hijos del reino: Nicodemo, que era fariseo, pero que era cercano al Maestro (Jn. 3:1-21, 7:45-52, 19:38-42) y José de Arimatea, miembro del Sanedrín calificado como justo, bueno, discípulo de Jesús, que esperaba el reino de Dios y que no consistió con los demás en la muerte de Jesús (Lc. 23:50-56, Jn. 19:38-42).

Un escriba era una persona con alto conocimiento de las Escrituras. Ellos eran capaces de memorizar la ley, y no solo tenían el privilegio de leer las Escrituras para estudiarlas —no solo la ley, sino también los profetas y los otros escritos sapienciales— sino también eran quienes tenían la delicada labor de transcribir la revelación de Dios.[2]

Los escribas doctos en el reino de los cielos eran aquellos que seguían con rectitud los mandamientos de la ley; se deleitaban en ella (Sal. 1:2) y que también lograron comprender el tiempo escatológico de bendición que estaban viviendo con la llegada del Mesías según el cumplimiento de los anuncios de los profetas, en contraste con los religiosos impíos incapaces de reconocer esto; como Jesús les recriminaba: “Cuando anochece, decís [fariseos y los saduceos]: Buen tiempo; porque el cielo tiene arreboles. Y por la mañana: Hoy habrá tempestad; porque tiene arreboles el cielo nublado. ¡Hipócritas! que sabéis distinguir el aspecto del cielo, ¡mas las señales de los tiempos no podéis!” (Mt. 16:2-4).

Acá hay una comparación formal (semejante a) de tenor explícito, un símil, donde este tenor son los escribas doctos en el reino de Dios y hay una comparación del tipo pragmática y afectiva. El punto de comparación es el gozo de sacar de sus bienes más preciados tanto cosas antiguas como nuevas y gozarse en ellas, así como la imagen del padre de familia que se goza en sus tesoros antiguos y nuevos, el escriba docto en el reino de los cielos se goza de la bendición del conocimiento[3] del viejo pacto y de la llegada del nuevo pacto; de cómo es el perfeccionamiento del viejo.

 



[1] Si bien, la parábola habla solo de escribas, se entiende por sinécdoque que se refiere a todo aquel instruido y docto en las Escrituras; Jesús habitualmente se refería a los escribas en compañía de fariseos, principales sacerdotes, maestros de la ley o ancianos.

[2] Era necesario transcribir o hacer copias las escrituras, ya que los pergaminos de cuero en los que se hallaban las Escrituras con el tiempo se borraban. Este proceso era exhaustivo: se contaban las palabras, la cantidad de veces que se usaba cada letra y requería un proceso ritual de purificación. Finalmente, las copias desgastadas se quemaban para que no hubiera error al leer copia con alguna palabra o letra borrada.

[3] Para los judíos, la sabiduría y la ley eran comparadas con un tesoro (cf. Mt. 13:44-46).

Keener, Comentario del contexto cultural de la Biblia. Nuevo Testamento, págs. 78.

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